Las mujeres filosofas. por Carlos Olmos Bau

En los últimos días he tenido la oportunidad de dar una serie de charlas bajo el título de “Mujeres en la historia de la filosofía”. Por desgracia (o por suerte, según se mire) la única que se intentó grabar finalmente no se ha registrado, por lo que no puedo transcribirla. Sirviéndome del guión dejo aquí las ideas que animaron esas intervenciones y me remito a la carpeta de elementos compartidos del eMule donde he dejado la presentación que utilicé para ilustrar mis palabras. El archivo se llama “mujeres filosofas.odt”.

Pese al nombre dado a la cosa, no se trataba de trazar una cronología de las mujeres que, de una manera u otra, se han significado dentro de la historia del pensamiento. Más bien, recogiendo una idea de Walter Benjamin, se invitaba a pasar el cepillo de la historia a contrapelo con la pretensión de sacar a la luz unos pasados perdedores que han sido desterrados del relato histórico por la versión vencedora.
Como las charlas estaban dirigidas fundamentalmente a alumnado de primero y segundo de Bachillerato y tenían como telón de fondo la festividad de Tomás de Aquino; este intento de llamar la atención sobre un pensamiento silenciado ha tomado en consideración algunos aspectos de la obra de este filósofo, que no suelen llegar al aula.

El punto de partida de las intervenciones (de alguna manera hay que empezar) era un toque de atención sobre un fenómeno al que me he referido en otros escritos: El hecho de que una película (y la mercadotecnia a ella ligada), Ágora, haya puesto hasta cierto punto de moda la figura de Hipatia1.
Al repaso de algunos de los libros (ensayo, biografía, novela,…) o artículos dedicados a la filósofa neoplatónica seguía la constatación (contra lo que dicen algunas crónicas periodísticas y otros textos) de que no fue la primera de entre las pensadoras clásicas, como queda reflejado, entre otras fuentes, en el recientemente traducido libro de Gilles Ménage Historia de las Mujeres Filósofas.
Con este libro como bisagra se continuaba el recorrido por otros títulos que, de un tiempo a esta parte, intentan contribuir a llenar el vacío existente en el conocimiento de las aportaciones de las mujeres a la filosofía: Las olvidadas, de Ángeles Caso, Mujeres en la historia del pensamiento, de Rosa Mª. Rodríguez Magda (ed.), Mujeres, varones y filosofía, libro dirigido a 2º de Bachillerato escrito por Amalia González Suárez; entre los que tienen una perspectiva general. Oliva Sabuco, de o Rosalía Romero Pérez, o Christien de Pizán, de Simone Roux; entre los que se centran en una autora concreta.
Otro foco de atención son los ‘grandes’ diccionarios enciclopédicos de Filosofía. Para ser más exacto las grandes ausencias y las pocas presencias que, en cuestión de pensadoras, presentan. Respecto a algunos como el Ferrater Mora o la traducción de la Enciclopedia Oxford ya he dicho alguna cosa en la entrada con la que antes enlazaba. Cabe añadir, por aquello de sumar ejemplos, la Historia de la Filosofía Española de Heleno Saña o la Historia del pensamiento español de José Luís Abellán; en los que, si no me equivoco, sólo se recogen las figuras de Teresa de Cepeda y Ahumada, Teresa de Jesús (1515-1582) y María Zambrano (1907-1991).
Y una tercera coordenada, en esta primera parte de las charlas, lo constituyen los libros de texto de Filosofía para 1º de Bachillerato que, con más o menos extensión, directa o indirectamente, han ido introduciendo referencias a la ‘contribución de la mujer a la filosofía’… Entre los ‘peros’, que esta contribución sigue sin reflejarse en los fragmentos de obras que jalonan los libros para plantear actividades (comentarios de textos, etc.) o ilustrar explicaciones.
Como curiosidad, el que manejamos en Sangonera la Verde recoge en una página los nombres de Hipatia (reconociendo que antes hubo mujeres entre los pitagóricos y los epicúreos), Hildegard von Bingen, Gabrielle de Châtelet, Sophie Germain, Ada Byron, Simone Weil, Edith Stein, Hannah Arendt, Simone de Beauvoir, Maríz Zambrano, Victoria Camps, Adela Cortina (las últimas en un ejercicio)… Pero esos nombres no vuelven a repetirse más que en el índice onomástico, remitiendo a esa sola página.
Con anterioridad, y para ilustrar aquello del paso del mito al logos, opta por el mito que relata el rapto de Perséfone. Ese mito contiene una explicación de corte fantástico sobre el trascurso de las estaciones, el advenimiento de las cosechas, etc. que el alumnado ha de contraponer a la explicación racional sobre ese mismo fenómeno natural (movimiento de la tierra, zonas climáticas, etc.). El problema, y ahí no entra el libro, es que el susodicho mito también contiene una justificación del patriarcado y de la sumisión de la mujer (por muy diosa que sea) a los deseos, caprichos y decisiones de los hombres (dioses). Afianzar el papel de los mitos como relatos explicativos del mundo natural e ignorar su papel en la construcción de dinámicas o modelos sociales, culturales y políticos tiene esos riesgos. Pero quien loa el esfuerzo de las pensadoras pasadas, cuatro páginas después, quizá debería plantearse esos y otros aspectos.
Y entre los otros aspectos no estaría de más esbozar una explicación al por qué de esa ocultación, cuando no apropiación, del pensamiento de las filósofas; o al por qué de su práctica inexistencia en determinadas épocas.

Un artículo de Umberto Eco titulado precisamente “El pensamiento silenciado” ayuda a esa búsqueda de ‘por qués’… Y un fragmento de una película basada en un libro suyo, El nombre de la Rosa, puede ayudar a entender por qué la Edad Media es una época en la que tan complicado es el empeño de encontrar referencias femeninas cara a una contrahistoria de la filosofía.

Es posible que, como dice este Guillermo de Canterbury encarnado por Sean Connery, Tomás de Aquino supiese bien poco de mujeres. Pero ello no fue óbice para que, sobre la base de Aristóteles y de la mano de Alberto Magno (sin obviar la concordancia aquí con Agustín de Hipona, entre otros) se mostrara especialmente misógino y plasmara por escrito una concepción de la mujer íntimamente relacionada con la animosidad tomasiana contra lo sexual y contra el placer.
“La continencia permanente -escribe Tomás- es necesaria para la religiosidad perfecta (…) Por eso fue condenado Joviniano, que situaba el matrimonio en el mismo plano que la virginidad” (Suma Teológica II-II q. 186 a. 4). Y también “(…) los vírgenes obtienen el ciento por ciento del salario celestial; los viudos, el sesenta por ciento, y los casados, el treinta por ciento” (S. Th. II-II q. 152 a. 5 ad 2)
Y si Aristóteles llamó a la mujer ‘varón mutilado’, Tomás de Aquino la tachó de ‘varón defectuoso’ considerándola “algo que no ha sido querido en sí, sino que dimana de un defecto” (De verit. 5, 9 ad 9), en la línea de Alberto Magno que hablaba de “(…) un defecto que no se corresponde con la intención de la naturaleza” (De anima 1, 250). E insiste en que la mujer no responde “a la primera intención de la naturaleza” sino “a la intención secundaria de la naturaleza, como putrefacción, malformación y debilidad…” (S. Th. Suppl. q. 52 a. 1 ad 2).
Más: “Hay que amar más al padre que a la madre, por que él es el principio activo de la procreación, mientras que la madre es el pasivo” (S. Th. II-II q. 26 a. 10) dice Tomás poniendo su grano de arena a la equiparación / confusión absoluta del uso de la palabra virtus; aceptando y defendiendo la sinonimia forzada entre virtud y fuerza viril o varonil. De ahí que afirme que “la mujer necesita al marido no sólo para la procreación y la educación de los hijos, sino también como su propio amo y señor” o que “las mujeres están en estado de subordinación” (S. Th. Suppl. q. 39 a. 1). Y también, por cambiar la obra de la que se entresacan las citas, que el varón tiene “una razón más perfecta” y una “virtud más robusta” que la mujer (en Suma contra Gentiles III, 123).

Podría seguirse entresacando sentencias de entre las elucubraciones teológicas que Tomás de Aquino dedica al papel de la mujer, el matrimonio, el acto sexual… pero probablemente lo recogido baste para valorar la contribución de este filósofo, en particular, y la escolástica, en general a la generalización transcultural de la división de los valores y del mundo en dos ámbitos o espacios diferenciados, con sus respectivos estereotipos de género; así como al desarrollo de la ideología patriarcal de la masculinidad, la extensión del sexismo y el impulso de dinámicas de poder sustentadas sobre la infravaloración de las mujeres y su sexualidad.

A estas alturas quizá merezca volver a la cita fílmica:
(…)
Adso: – Maestro… ¿Habéis estado alguna vez… enamorado?
Guillermo: – ¿Enamorado? Muchas veces.
A. – ¿De veras?
G. – Naturalmente… De Aristóteles, Ovidio, Virgilio, Tomás de Aquino,…
A. – No, no, no,… Quiero decir de una… (mujer).
G. – Oh… ¿No estarás confundiendo amor con lujuria?
A. – Tal vez. No lo sé. Sólo deseo su propio bien, deseo que sea feliz, deseo salvarla de su pobreza.
G. – ¡O cielos!
A. – ¿Por qué ‘o cielos’?
G. – ¡Estás enamorado!
A. – ¿Y eso es malo?
G. – Para un fraile representa ciertos problemas.
A. – ¿Pero no es cierto que Santo Tomás ensalza el amor sobre todas las demás virtudes?
G. – Si. El amor a Dios, Adso. El amor a Dios.
A. – ¿Y el amor a una mujer?
G. – De mujeres Tomás de Aquino sabía bastante poco… Pero las escrituras son muy claras. Los Proverbios nos advierten de que la mujer se apodera de la hermosa alma del hombre. Y el Eclesiastés nos dice: ‘Más amarga que la muerte, es la mujer’.
A. – Sí, pero… ¿Qué opináis vos, maestro?
G. – Bueno… Claro está que no gozo del beneficio de tu experiencia… Pero me cuesta convencerme a mí mismo de que Dios haya introducido un ser tan inmundo en la creación sin haberle dotado dee alguna virtud…
¡Qué pacifica sería la vida sin amor, Adso! ¡Qué segura! ¡Qué tranquila!… ¡Y qué insulsa!

No cabe duda de que no basta la vieja idea de Marx de que los filósofos se habían dedicado a interpretar el mundo y tocaba ya que se dedicaran a cambiarlo… Además de interpretarlo han contribuido a configurarlo… Y cambiarlo sigue siendo una tarea pendiente…
Y seguro que para ello no sobra plantearse lo que la propia palabreja, filosofía, significa. Por que cuando recurrimos al manido tópico de decir que esta es un conjunto de saberes y actitudes caracterizado por el amor a la sabiduría… y nos centramos en esta última, probablemente estamos perpetuando una manera de filosofar, de entender la filosofía, con poco ayudan a transformar el mundo…
No hay razón sin pasión…
Pero de eso hablaremos en otra charla…

Para más información sobre los libros citados podéis pasar por una librería virtual: Autoras en red.
Para saber más sobre la concepción de la mujer, el sexo o el placer en Tomás de Aquino (y no sólo en él): Ranke-Heineman, U.; Eunucos por el reino de los cielos(Iglesia católica y sexualidad), Trotta, Madrid, 2005.
El capítulo sobre Tomás de Aquino puede leerse aquí.

1Constatar de paso que el alumnado de Bachillerato va al cine (o ve cine actual en casa, ejem) más de lo que uno pensaba… Lo que en el caso de Sangonera la Verde es llamativo pues les supone estar más tiempo en el autobús que en la propia sala de proyección.