Stuart Mill: Sobre la libertad era sobre el amor

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Stuart Mill: Sobre la libertad era sobre el amor

Para los libros de historia, de filosofía, la de Stuart Mill fue la lucha del individuo contra las intromisiones del estado. Lo fue, pero hubo un motivo que inspiró dicha batalla: la de poder estar junto a su eterna amiga, su efímera esposa.

Tenía bastantes papeletas para haberse convertido en algo parecido a un monstruo, pero por fortuna se quedó en un tierno rarito, en un genio enclenque.
Fue porque el reputado filósofo que era su padre, James Mill, decidió seguir las tesis de John Locke para comprobar si era verdad que la mente de los niños equivalía a una pizarra en blanco. Lo iba a demostrar con un experimento: someter a su hijo mayor a un régimen severo de aprendizaje fomentando la comprensión de lenguas, ciencias, letras… y no la mera práctica memorística.
Tanto por hacer eliminaba la posibilidad de juegos y relaciones normalizadas con otros niños o hermanos, con quienes actuaba de profesor. Aislado de cualquier cosa que no fuera aprender, la leyenda del pequeño John cuenta que sabía griego a los tres años y latín a los ocho. Pero a los diez, en la pizarra mental del extraño niño no había hueco ni para dibujar un corazón.

Bajo la sombra del padre

La influencia del padre era tan poderosa que aniquiló a la de su madre. Stuart Mill inicia así su relato autobiográfico: “Nací en Londres el 20 de mayo de 1806 y fui el hijo mayor de James Mill, autor de la Historia de la India Británica. Mi padre, hijo de un modesto comerciante…”. El relato avanza como si ninguna mujer hubiera mediado en su existencia.
En su adolescencia, Stuart Mill conoce, debate y rebate a los más prestigiosos intelectuales del momento que formaban parte del círculo de amistades de su padre: a falta de otra cosa, se convierten en las suyas. Entre ellos destacaban Jeremy Bentham y David Ricardo. Tampoco su entrada en el mundo laboral le libra del influjo paterno; al contrario, ahonda en él, ya queen 1823 comienza a trabajar en la East Indian Company a las órdenes de su padre, que añade a esa y a sus funciones de instructor, maestro y mentor, las de jefe. Con ese historial, la relación padre-hijo no pasó inadvertida a la crítica psicoanalítica, que se aventuró a dictaminar que tan singular (y enfermiza) relación fue la causa principal de la gran crisis que le sobrevino en la segunda década de su vida.

Un reformador en crisis

Con sus escasos 20 años y su inmenso arsenal de conocimiento, lo que en realidad Mill quiere es cambiar el mundo: “Ser un reformador del mundo”, escribe literalmente en su Autobiografía. Cierto que no es lo que se conoce por un “hombre de acción”, pero sí puede ser un hombre de ideas y de instrucción (de otros). Para algo habrán debido valer tantos años de estudios y discusión. Pues no. El joven genio siente que todo lo que sabe no vale para nada. No le entusiasman ni la Sociedad utilitarista de la que formaba parte, donde se encumbraba el ideal de la “utilidad” como camino de progreso social y político; ni la revista Westminster Review que había fundado para difundir e intentar llevar a la práctica sus objetivos reformistas (libertad de expresión, sufragio universal, democracia representativa…). Es el otoño de 1826 y Stuart Mill se quiebra. Sufre una gran crisis que hace que pierdan fuelle –y lo que es más importante, sentido– sus ambiciones reformistas. La humanidad deja de importarle, así, en conjunto, como lo había hecho hasta entonces y anhela algo, alguien, un igual a quien confiarle su padecimiento. Alguien que –evidentemente no ha sido padre– y que en ese momento parecía no existir.

Redentor redimido

La profunda crisis le transforma en un hombre nuevo, crítico por primera vez con la figura de su padre y sus efectos. Conocer a quien tras largos años de relación se convertirá en su esposa le convierte en un ser libre, liberado, y ciertamente feliz. Con Harriet Taylor descubrió una pasión capaz de ser amorosa e intelectual al mismo tiempo y con la misma intensidad. Con ella descubre al “igual” que andaba buscando y recupera también la perdida fe en el ser humano hasta definir su relación como “la amistad que ha sido el honor y la bendición principal de mi existencia, así como la fuente de gran parte de lo que he intentado hacer y espero realizar de ahora en adelante por la mejora del género humano”. Problema; cuando conoce a Harriet Taylor, esta es una mujer casada y con dos hijos. También es una mujer enamorada (de Stuart Mill), de modo que, ante tanta complicación, ella opta por pasar una temporada en París y decidir su futuro sentimental. Durante esa época ni flojea su recién descubierto amor por Stuart Mill ni se resiente el afecto por su marido, que, ante la generosidad demostrada, se refuerza con sentimientos como el respeto y la admiración.
A resultas de la deliberación, Harriet Taylor apuesta por la vida familiar, pero sin renunciar a la amistad del joven filósofo: “Fui para dos hombres una ‘amiga’”, afirmaría.

En el ojo del huracán

La sociedad victoriana de la época no perdió la oportunidad de hablar y murmurar sobre un tema tan jugoso como la extraña organización triangular. Una organización legitimada por la exclusión de relaciones sexuales, como Stuart Mill se encargó se subrayar en sus escritos: “Nuestra conducta de aquellos años no dio el menor fundamento para ninguna suposición que la verdadera: que nuestra mutua relación durante este tiempo fue únicamente de profundo afecto y confidencial intimidad. Aunque no nos consideráramos sujetos a las convenciones sociales en asunto tan personal, sí cuidábamos de que nuestra conducta fuese tal que no resultara deshonrosa ni para su esposo ni para ella misma”.
Durante esos años, la actividad de Stuart Mill es frenética: dirige The London Review, donde publica ensayos dedicados a Bentham o a Coleridge; publica sus textos más notables sobre economía política (con los Principios de economía política a la cabeza) y toma responsabilidades al frente de la Compañía de las Indias al morir su padre.

Una corta vida juntos

En 1849, muere de cáncer el marido de Harriet Taylor, que lo había cuidado hasta el final. Haciendo gala de la prudencia de siempre, la pareja que siempre había formado con John Stuart Mill se formaliza en matrimonio dos años después. Viven a las afueras de Londres, y aislados de la vida social se concentran de una nueva manera, mucho más intensa, en el intercambio de ideas y perspectivas. Aunque Stuart Mill había reconocido siempre la influencia de las ideas de Harriet, a partir de ese momento nunca se cansará de repetir que la suya será una producción intelectual conjunta anotando con precisión en ocasiones los párrafos o las ideas atribuibles 100% a su esposa. Sobre la libertad es el mejor ejemplo de ello: “Fue un trabajo conjunto, más directa y literalmente producido por los dos que ninguna otra cosa que lleva mi nombre”. Harriet no pudo verlo publicado. Apareció poco tiempo después de que muriera en 1859. Como no podía ser de otra forma, una conmovedora dedicatoria abre el texto.

Soledad y política

Sin Harriet, con una casa frente al cementerio de Avignon para mitigar la ausencia con la cercanía de los restos, y con el tiempo que le regalaba su jubilación anticipada, Stuart Mill se concentra en la redacción de textos. La hija del primer matrimonio de su esposa será una buena ayuda en la vieja tarea. Compartía con su madre la preocupación por la igualdad y las ideas feministas, además del interés por las cuestiones sociales, los derechos de las minorías o la extensión de la democracia. También su padrastro le reconocerá su valiosa ayuda en libros como Sobre el gobierno representativo o La sujeción (esclavitud, en otros textos) de las mujeres.
Pero en sus últimos años Mill se dedicó a lo que toda la vida se había negado: la vida pública, la política. Hasta esos campos llevó su apoyo a diversas causas sociales. Miembro del Parlamento de 1865 a 1868, defendió allí el sufragio femenino con el vigor que creía no tener y levantó la voz a favor de las asociaciones de trabajadores, de las cooperativas agrarias o de la moderación de las cargas fiscales sobre Irlanda. Como antes de ser su esposa, la inspiración de Harriet Taylor planeaba sobre todas sus acciones. Murió en mayo de 1873 en Avignon, donde lo hiciera también su mujer. Si el tópico de “la muerte reunió a los esposos…” significa algo, debe ser usado para esta ocasión. Aunque, en realidad, ni siquiera ella había conseguido separarlos.

Pilar Gómez Rodríguez

Filosofía Hoy

El sujeto neurologico

El cerebro juega un papel importante en la cultura iconográfica contemporánea y aparece en ella de manera casi constante. Esto es así hasta el punto de que se ha convertido prácticamente en un nuevo icono, cuyas variaciones cromáticas nos recuerdan a Andy Warhol y a su famosa obra sobre Marilyn Monroe, representada en diferentes colores pop (De Vos, 2013). El antropólogo Joseph Dumit escribe que los escáneres del cerebro que aparecen en las revistas, los periódicos, la televisión, la oficina del doctor o las revistas académicas “nos reclaman”. (…)

Dicho de otra forma: las imágenes cerebrales tienen una gran capacidad para atrapar la subjetividad de una manera reflexiva. Y lo hacen precisamente al dirigir la mirada hacia el interior. Puesto que los escáneres muestran aparentemente lo que somos, el sujeto responde a ellos con un “¿es verdad, eso es lo que soy?” Y, en un movimiento conjunto con la imagen, el sujeto adopta todo un vocabulario y un discurso psiconeurológico para entenderse a sí mismo. Verse a sí mismo, entenderse a sí mismo, pasa por las imágenes y las palabras de las ciencias psiconeurológicas.

Nótese aquí que Dumit, en su análisis crítico respecto de la imaginería cerebral, tiene que utilizar él mismo la palabra “nervioso”: ¿”no es precisamente ello una muestra evidente de que la imaginería y el discurso neuropsicológico se han vuelto hegemónicos, y así ineludibles, no sólo para las formas contemporáneas de autocomprensión sino también incluso para toda posible crítica sobre ésta? Cuanto menos nos encontramos ya aquí con un conjunto de términos que están fuertemente entrelazados: la cultura iconográfica, los discursos psicológicos y neurológicos y la subjetividad. (…)

Por lo general, se tiende a pensar que la dimensión de la virtualidad, que se ha convertido en un eje central de la cultura iconográfica actual, está muy presente en la praxis de las neurociencias. Sin embargo, dicha dimensión no es prácticamente nunca objeto de una revisión crítica. Recientemente se ha puesto en marcha The Human Brain Project (El Proyecto Cerebro Humano)— un proyecto a gran escala financiado por la Unión Europea— con el objetivo de diseñar un súper ordenador que podría generar un “cerebro digital”: un modelo informático y una simulación avanzada del cerebro. Este modelo debería permitir una mejor comprensión del funcionamiento del cerebro para así investigar de manera más adecuada nuevos tratamientos para las enfermedades del mismo. Pero, aunque la promesa sea que de este modo “podremos obtener conocimientos profundos sobre lo que nos hace humanos” (Walker, 2012, traducción propia),2 el problema está en que este proyecto se arriesga a perderse en su propio giro virtual. Esperar que un súper ordenador y sus modelos e imágenes virtuales nos revelen lo que nos hace humanos es problemático ya que la dimensión de la virtualidad y de la imagen ya estructura previamente y de forma fundamental las neurociencias. Es decir, la idea de un “cerebro digital” ya está estructurada por la imagen del ser humano como un cerebro-computadora. (…)

La preposición neuro se ha vuelto omnipresente en muchas disciplinas académicas: se habla de neuro-economía, neuro-estética, neuro-educación, y, por supuesto, de neuro-psicología. En todos estos campos se considera que algo ha sido explicado tan pronto como se lo ha visualizado como fenómeno por medio de una imagen del cerebro. De forma destacada en la Filosofía de la Mente (Philosophy of Mind) y en las ciencias psi, la idea es que con las neurociencias por fin podemos ver lo que es un ser humano: la ontología, supuestamente, se ha hecho visible a través de las nuevas técnicas digitales y de sus visualizaciones multicolores de lo que está por debajo del cráneo

… la lógica en las ciencias psi contemporáneas parece ser que cuando lo psíquico vuelve a ser computerizado, se supone que la base material-orgánica (lo neuro) ha sido demostrada. Es decir, cuando la tecnología logre digitalizar –y esto, hoy, equivale a ser visualizado— las cosas que solemos llamar típicas del ser humano (como la conciencia, el humor y el amor), se considerarán completamente aclaradas por sus bases neurológicas.

… los días de la contraseña psicológica y cuasi-analógica ya están contados: muchos dispositivos electrónicos funcionan ya con contraseñas biométricas (el escáner de huellas dactilares, del iris, y quizá en el futuro, un escáner genético: por favor, lamer aquí). Una contraseña biométrica no solo es más segura, también es más idiosincrática que su contraseña analógica-psicológica

La conclusión es entonces que tu unicidad no es psicológica, es bioneurológica. Paradójicamente, tú no tienes acceso a lo que verdaderamente eres tú: no se puede conocer directamente, se necesita la mediación tecnológico-neurológica, que consiste precisamente en visualizar lo que eres tú, o mejor dicho, lo que es en ti más que tú. (…)

Cuando lo que se experimenta, se piensa o se siente no es nada más que impulsos eléctricos y reacciones químicas, lo que se llama “la realidad” recibe otro estatuto, o incluso podríamos decir que se duplica.

Es su cerebro, nos dicen, el que define sus pensamientos, sus capacidades, sus éxitos, sus fracasos, y por eso, su posición en la sociedad. Pero, la buena noticia es que su cerebro se puede entrenar: con ejercicios, juegos, aparatos y con substancias químicas…

Las imágenes escaneadas del cerebro también ofrecen una mirada hacia adentro, hacia lo más allá de lo real. Lo que el lego entiende, supuestamente en un sentido ingenuo, como amor, libre albedrío o altruismo, las neurociencias lo relacionan a su verdadera base orgánico-material. El “adentro” reduce de esta manera estos fenómenos a meras ilusiones o trucos de la mente y nos muestra lo que está realmente en juego. Parece que al ser humano se le debe decir quién es realmente, se le debe mostrar quién es, se le debe mostrar la imagen de su avatar neuropsicológico: mira, eso es lo que eres realmente.

Las imágenes del cerebro y la hélice de ADN son las imágenes que producen un “yo” objetivado que se puede ver de cerca, un “yo” que se multiplica casi infinitamente en una serie de imágenes multicolor.

… ya que ahora sabemos que el amor, el libre albedrío y el altruismo no son nada más que trucos y espejismos virtuales del cerebro … , nuestro saber en sí sobre lo humano se ha disminuido en verdad actualmente. Cuando se sabe que en el amor uno está propulsado por sustancias químicas e impulsos eléctricos, ¿no es esto un saber que corre el riesgo de neutralizar o incluso destruir el amor? Además, en el campo social tal saber tiene también efectos paralizantes: discusiones sobre el libre albedrío por ejemplo se resuelven finalmente afirmando que la ética se convierte en un ámbito muy problemático.

Considérese por ejemplo que el cerebro se ha convertido en las últimas décadas en objeto de una extraña adoración, sino incluso de culto. Si la teoría de Freud sobre la sexualidad condujo a un movimiento entusiasta por la liberación de la sexualidad (que es de por sí contrario a la teoría de Freud en sí misma), ahora somos testigos de la celebración de la liberación del cerebro (puesto al descubierto). Basta con contemplar la estetización del cerebro (el hermoso cerebro) y las posturas optimistas de desarrolla tu cerebro, viaja a tu cerebro, pon en forma tu cerebro, e incluso, disfruta tu cerebro.

Queremos vernos a nosotros mismos, nos fascina vernos pensar, querer, desear. Tal vez es por eso que decimos que no hay un agente unificador del pensamiento, que no hay libre albedrío y que no hay tal cosa como el amor: porque cuando estamos observando todo esto, ya estamos afuera de, más allá del pensamiento, de la voluntad, del deseo. El hecho de mirar el espectáculo del cerebro engendra un surplus, una agencia paradojal, aparentemente afuera del pensamiento, la voluntad, el deseo.

Selecció de l’article de

Jan de Vos, Como un zombi en Pompeya. El sujeto neurológico en su ciberágora, Revista Teknocultura 2013, vol 10, nº 3
Vía Manel Villar

Somos nuestros cerebro

Som responsables del que fem amb el nostre cervell.

Al lector quizás le resulte conocido el título porque recientemente la profesora Adela Cortina escribió un artículo en este diario encabezado por las mismas palabras aunque encerradas entre signos de interrogación. Cómo estoy entre esos investigadores que la autora mencionaba como partidarios de que esos signos sobran en el enunciado, intentaré exponer algunas ideas sobre porqué pienso así y empezaré matizando que no es que seamos nuestro cerebro sino que somos el resultado de su funcionamiento.

Hace unos años un joven salió de una casa de un pueblo del sureste español con la cabeza de su madre en una bolsa de la compra. Supongo que todos nos tranquilizamos algo cuando, al seguir leyendo la noticia, nos enteramos de que el degollador era un enfermo esquizofrénico que había abandonado su tratamiento médico. Esto explicaba su conducta, que pasaba de reprobable a ser digna de conmiseración. Pero aunque sea socialmente útil y tranquilizante ¿es siempre tan sencillo decidir si alguien es o no responsable de sus actos?

Unos pocos siglos atrás en algunos de los países europeos más de un esquizofrénico – la enfermedad existía, aunque no se conociese – fue ajusticiado al ser considerado poseído por el demonio. Simultáneamente en otras sociedades, curiosamente consideradas primitivas en aquellos países, algunos esquizofrénicos eran valorados respetuosamente como seres especiales tocados por la mano del dios correspondiente. Hoy tenemos bastantes datos contrastables sugerentes de que en el cerebro de un esquizofrénico hay alteraciones neurales que algún día explicarán como el funcionamiento de ese cerebro lleva a esa conducta. Pero lo importante es que para aquel esquizofrénico del inicio, sus actos, por muy anormales que nos parezcan a los demás, estaban tan justificados como los que llevaron a proclamar el dogma de la infalibilidad del Papa en el Concilio Vaticano I. Naturalmente hay una gran diferencia entre una conducta y otra, pero las dos son el resultado del funcionamiento del cerebro de las personas implicadas y a muchos millones de seres no bendecidos por la fe católica ambas nos parecerán lógicamente injustificadas aunque probablemente conseguiremos aproximarnos con mayor facilidad a las motivaciones de los asistentes al Concilio que a las de aquel esquizofrénico. Son los individuos que forman un grupo social quienes definen con sus conductas la norma aceptable por la mayoría y por lo tanto la responsabilidad individual ante el cumplimiento de esa norma de conducta.

Para muchos neurocientíficos lo que denominamos conciencia y voluntad son manifestaciones de la actividad cerebral; hecho que se pone en evidencia a diario porque perdemos ambas cada vez que nos dormimos. No he seguido el caso Carcaño, pero leo en otro artículo del mismo ejemplar de EL PAÍS en que apareció el de la profesora Cortina, que el encargado de la prueba que se le practicó dijo “El sujeto genera respuestas automáticas, que no están condicionadas ni por su voluntad ni por su conciencia. No se puede mentir a la máquina”. No veo en esta cita nada que me permita decir “De donde se sigue para cualquier lector que la voluntad y la conciencia, surjan de donde surjan, son algo distinto de las neuronas y tienen la capacidad de actuar suficiente como para modificar los mensajes automáticos del cerebro”, aunque es cierto que esta frase de la profesora Cortina sigue en su escrito a una versión distinta de las palabras del Dr. Valdizán. La actividad cerebral que llamamos voluntad y conciencia está por supuesto presente en el momento en que un sujeto se somete a la prueba que se aplicó a ese delincuente, pero esto es perfectamente compatible con que ese mismo cerebro tenga simultáneamente otra actividad responsable de esas otras respuestas inconscientes. Las decenas de miles de millones de neuronas de nuestro cerebro son capaces de mantener simultáneamente esas actividades y muchas más. Supongo que es posible –mis pobres conocimientos de Física no me permiten entrar en esta discusión– que solo seamos las marionetas de un complicado videojuego con el que se entretienen seres superiores de otros universos paralelos, algo aparentemente no muy lejano de la mitología griega, y que nuestra conciencia y voluntad no sean sino la expresión de sus caprichos. Pero mientras no exista alguna evidencia de tal cosa me parece más prudente considerar que nuestra conciencia y nuestra voluntad son manifestaciones del funcionamiento de nuestros cerebros.

El cerebro es un órgano tremendamente complejo resultado de centenares de millones de años de evolución. Estamos lejos todavía de entender como el funcionamiento del sistema nervioso da lugar a lo que somos, aunque sabemos con bastante certeza como da lugar a lo que es un gusano y como se comporta. Pero cada vez es mayor la evidencia contrastable de que el funcionamiento del cerebro en un momento dado está determinado por lo que a ese cerebro le ha ocurrido desde el momento en que empieza a organizarse en el embrión. Somos –nuestro cerebro es– el resultado de la acción de nuestros genes, acción de la que serían responsables quienes nos engendraron, y de lo que nuestro cerebro ha hecho desde que empezó a funcionar. Es en esa segunda parte donde nuestra responsabilidad aparece, añadida a la de la gente que nos rodea, desde nuestros padres hasta el conjunto de la sociedad en que nos desarrollamos. El cómo funcionará en el futuro un cerebro dado dependerá no solo de cómo los genes organizan la construcción de ese cerebro –sí, somos distintos desde el principio– sino también de lo que ese cerebro experimente a lo largo de la vida. Por eso la educación es crítica, por eso somos responsables de lo que hacemos con nuestro cerebro.

Uno de los retos principales de la Neurociencia actual es entender hasta donde un cerebro adulto es el resultado de la función de los genes que lo organizaron o de lo que ese cerebro ha “vivido” desde que empezó a funcionar. En un extremo, los genes lo determinarían todo, nuestras conductas tendrían poco que ver con lo que entendemos por voluntad y libertad de elección; en el otro serían el resultado de lo que nuestro entorno hizo sobre nuestro cerebro y lo que nuestro cerebro hizo durante nuestra vida. La investigación científica nos llevará a conocer cada vez con mayor precisión en qué lugar entre esos extremos está la realidad.

Roberto Gallego, Somos nuestro cerebro, El País, 08/04/2014