El mito de “la ley de la selva”

El radar de les mancances i el comportament altruista.
La pitxa un lio / by Manel Villar / 18 hours ago

No son tiempos favorables para la filantropía. Los robos a gran escala desde las más altas esferas del poder, los recientes engaños políticos, las corruptelas varias, y hasta los asesinatos nos trasladan una imagen negativa del ser humano y hacen difícil ver una realidad contrastable: nuestra especie ha sido y es una de las más cooperativas que existen en el planeta Tierra. Pero, ¿y si toda esta agresividad y mentiras fueran sólo una pequeña parte de la historia? ¿Y si algunos árboles tóxicos no nos dejaran ver el maravilloso bosque?
Hasta hace muy poco, el modelo mental según el cual el egoísmo y la competición extrema reinaban en la naturaleza colonizaron nuestras mentes. La idea de que “la ley de la selva” y el “todos contra todos” regían los comportamientos de todos los animales, incluidos nosotros, se extendió a muchos ámbitos: la economía, la política, la sociedad, el mercado, etc. El filósofo Thomas Hobbes y otros pesimistas antropológicos habían ganado la batalla. El hombre era un lobo para sí mismo porque su psicología le impulsaba a cometer atrocidades contra otros miembros de su especie. Éste fue el caldo de cultivo perfecto para el desarrollo de una de las teorías más crueles en la Historia: el darwinismo social. Según esta línea de pensamiento, sólo sobreviven los más aptos, algo que supieron aprovechar muy bien los nazis para justificar sus barbaridades. Lo que se le olvidó a sus creadores, Herbert Spencer y Joseph Fisher, es que el altruismo y la ayuda también son formas de adaptación muy importantes. Es más, parece ser una de las mejores estrategias para el éxito jamás concebida.
Hace no mucho tiempo, el Homo sapiens compartió territorio con otros homínidos: el Homo erectus en la zona de la actual china y el Homo neanderthalensis en Europa. Durante décadas no han existido hipótesis fiables que explicaran la extinción de nuestros antiguos compañeros de evolución, pero análisis recientes de la vida social de las tres especies revelan algunos datos apasionantes. Todos eran seres muy inteligentes, pero los humanos poseían una fortaleza que los otros homínidos no: la cooperación extrema y el trabajo en equipo como llave para la supervivencia. En los yacimientos arqueológicos de Atapuerca (Burgos) y la Cueva del Castillo (Cantabria) se han encontrado restos humanos de ancianos, enfermos y minusválidos que sólo pudieron sobrevivir gracias a la ayuda de otros congéneres. En primates sucede tres cuartos de lo mismo. Se ha documentado el caso de una macaca que nació sin manos ni pies, pero que gracias al cuidado de los compañeros sobrevivió largos años y tuvo descendencia. Hechos difíciles de explicar para los que llevaron las tesis de Darwin al extremo.
Los estudios realizados durante la última década están destruyendo el mito de una naturaleza cruel en la que los individuos sólo miran por sí mismos. Por ejemplo, en varios estudios con niños llevados a cabo por el psicólogo Felix Warneken, un investigador adulto fingía tener problemas bajo la atenta mirada de niños menores de 15 meses de edad. Los resultados demostraron la existencia de una fuerte tendencia a la ayuda sin obtener recompensa alguna, ya que 22 de los 23 niños ayudaron de manera incondicional. Cuando se repitieron las pruebas con bobonos y chimpancés, los resultados fueron idénticos, lo que sugiere un origen innato y biológico del altruismo.
Quizá el problema no está en el exterior sino en el interior de nuestra mente. Los seres humanos somos expertos en detectar lo negativo, aquello que falla, pero nos cuesta imaginar cosas nuevas a no ser que hayan ocurrido antes. En otras palabras, nos fijamos de manera sistemática en lo que no tenemos o se hace mal, ya sea de nosotros o de nuestro alrededor. Ello implica a personas, eventos, objetos y otro tipo de elementos. Este modelo mental incide en la percepción que tenemos de nosotros mismos y en la interpretación del comportamiento de quien nos rodea, lo que dificulta establecer vínculos de calidad porque nos juzgamos por lo peor que hacen un pequeño porcentaje de la población. Sí, claro que hay ladrones, mentirosos y corruptos. Free riders o agentes libres los llamamos desde la biología evolutiva. Por ejemplo, tipos como Bárcenas, Berlusconi o Madoff son claramente free riders. Humanos a los que no les importa el resto y sólo miran por su interés. Pero la mayoría no somos así.
Paul Rozin y Edward B. Royman, de la Universidad de Pensilvania, creen que tanto los animales como los humanos estamos condicionados por predisposiciones innatas que nos empujan a interpretar el mundo centrándonos en lo negativo. El psicólogo Guido Peters lo denominó “la asimetría entre lo positivo y lo negativo”. Peeters cree que durante la evolución fue más adaptativo fijarse en lo negativo y estar siempre alerta a lo que no iba bien. Hace miles o millones de años, los que estaban concentrados en lo que iba mal sobrevivían más. El “radar de carencias”, como me gusta llamarlo, se desarrolló en aquella época y se centra en lo negativo o en lo que no poseemos.
Por lo tanto, no dejemos que un puñado de indeseables nos impida ver los actos más bellos y nobles que forman parte nosotros desde hace millones de años. La mirada centrada en lo negativo, esto es, pesimista respecto a la verdadera naturaleza de nuestra especie, además de ser errónea, nos impide ser felices y acudir de nuevo a la que fue, es y será siempre la llave para nuestra supervivencia: la cooperación y la ayuda mutua.
Pablo Herreros, El mito de la “ley de la selva”, Yo mono, 24/05/2014

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