4 tesis sobre el humanismo

DOMINGO, 2 DE FEBRERO DE 2014

4 tesis sobre el humanismo

Artículo en La Vanguardia de hoy:

El humanismo sólo es útil a quien está dispuesto a combatir la vulgaridad que lleva adherida al alma. Es decir, a quien se preocupa por visualizar la mejor versión de sí mismo. El humanismo no se conforma con entender la democracia como una universal aspiración a la igualdad y propugna una igual aspiración a la excelencia.
La idea de que todo cambia y que, en consecuencia, nuestra concepción de la buena educación también debe cambiar, es un prejuicio antihumanista que da por cierto que la excelencia humana es un asunto de temporada y que existen diferencias irreconciliables entre los hombres. De hecho, la mitificación del cambio ha venido acompañada de la mitificación de la heterogeneidad de lo humano, que postula que puesto que los individuos son diferentes, han de ser educados de manera diferente, olvidando que si bien todos somos, ciertamente, diversos, es porque todos somos hombres. Una república es una proyecto educativo común. Por eso Montesquieu pudo decir que si el principio de la aristocracia es el honor, y el principio de la tiranía es el miedo, el principio de la democracia es la educación común.
Lo civilización es frágil y vulnerable, como el siglo XX se ha encargado de demostrarnos. Nadie nace civilizado. Civilizar significa educar la atención y el apetito. El humanismo tiene por misión ofrecer a los hombres motivos nobles en los que fijar su atención y a los que dirigir su apetito. Sabe –y sólo lo sabe él- que la respuesta a lo que es el hombre no se encuentra en los huesos de Atapuerca, sino en la aspiración del hombre a alcanzar la mejor versión de sí mismo. Por eso es esencial ofrecer a los jóvenes motivos de estudio que trasciendan los huesos de Atapuerca.
Sólo puede considerarse educado el hombre capaz de entender la gran conversación que mantienen entre sí los grandes hombres de nuestra cultura. La cultura occidental es esa conversación que se inició en la aurora de Grecia. No se encuentra en ningún libro, ni en ningún reclinatorio. No hay ningún libro indiscutible en Occidente. Lo único sagrado es el diálogo. Por eso privar a los jóvenes de la posibilidad de acceder a la gran conversación es hacerlos extranjeros de su propia cultura. Para acceder a ella hay que aprender a leer, escribir, hablar, escuchar, comprender y pensar. Y cada una de estas cosas puede muy bien, por sí misma, constituir la tarea de una vida. Si leer a los clásicos se ha vuelto difícil, la culpa no la tienen los clásicos. Nuestras dificultades no nos conceden ningún privilegio.

 

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